martes, 21 de junio de 2011

DEJA VU

Pues eso amigos, que esto ya lo hemos vivido antes. Al menos yo, sí. Recuerdo que fue por aquellos tiempos en que era liberado sindical. Estábamos liados con aquello del NO A LA GUERRA, ¿lo recordáis?
El caso es que en aquellos momentos el PSOE ni estaba ni se le esperaba. Es más, la gente estaba algo mosqueada por su no asistencia a las manifas. Fue entonces cuando en los Goya, los actores montaron el pollo y aquello tuvo una repercusión mediática tremenda. Tocaron el pito desde el partido y ¡todos a la calle! Al final, aquella justa indignación de ciudadanos de lo más vario pinto(había en las movilizaciones hasta abuelitas con visón) fue capitalizada y rentabilidad por un partido: el PSOE.
Esto de ahora va a ser lo mismo, me parto el culo cuando escucho que ministros que nos han hundido, que han tomado medidas neo liberales que ni al mismísimo Aznar se le ocurriría plantear, se descuelguen con declaraciones diciendo "que comparten las reivindicaciones de los indignados". Ya lo están preparando. Ojo a la predicción que hago. Cuando estemos cerca de las elecciones, ya habrán copado el movimiento y lo estarán usando a su beneficio. No es la primera vez que lo hacen ni será la última. Son unos maestros en eso que llaman que los cursis "ingeniería social" , lo bordan, y llevan años y años aprovechándose de los ciudadanos bienpensantes que quedan más allá de su izquierda.
Dicho queda.

lunes, 6 de junio de 2011

Mi viaje al Valle de las Sombras


CRÓNICA DE MI ÚNICA VISITA AL VALLE DE LOS CAÍDOS

Cuando comencé a escribir “El valle de las sombras” no había visitado aún el mausoleo de Franco y decidí no hacerlo mientras que durara el proceso de búsqueda de información y de desarrollo de la novela. Quise que fuera así por un motivo: mi novela no está ambientada en el Valle de los Caídos, sino en las obras de construcción del monumento. No quería tener una imagen en mi mente de su aspecto actual sino de las obras, cuando aún no existía la mastodóntica cruz que lo preside o la inmensa basílica horadada en la roca.

De hecho, mi novela está ambientada cuando aquello apenas si era un agujero excavado en el duro granito de la sierra madrileña.

Las obras se espaciaron durante 18 años; así que me documenté sobre cómo era el lugar en aquel momento, qué empresas participaron, condiciones de vida de los presos, la vigilancia y todos aquellos aspectos que me permitirían hacerme una idea fidedigna del decorado de mi obra.

Una vez terminada la novela hice lo que hago siempre, la dejé descansar en un cajón, y mucho tiempo después, aprovechando que volvía de un viaje a Santander con mi familia, decidí pasarme por el Valle.

Fue una experiencia inolvidable para mí, traumática quizá.

Nada más atravesar el pórtico de entrada y al verme en aquella carretera, situada en un paraje hermosísimo, noté una extraña sensación de desasosiego.

Yo sabía cómo había sido construida aquella carretera y los viaductos que dan acceso a la obra. Había vivido los sufrimientos de mis personajes allí, y lo peor, los de gente de verdad, presos de carne y hueso, que lucharon contra la montaña y el frío para, sin mecanización alguna, construir los accesos.

Lo achaqué al lugar. Creo que los lugares en los que ha sufrido mucha gente quedan impregnados de un no se qué, una especie de resonancia de aquello que crea mal ambiente.

Entonces llegué a la cripta. Cuando entré en la basílica me quedé sin habla. Arrancar un palmo de terreno al granito de Guadarrama costaba, literalmente, sangre sudor y lágrimas. Fueron muchos los que enfermaron de silicosis trabajando allí dentro en muy malas condiciones, con prisas, y resultaba que aquella basílica de gran altura excavada en la montaña, se adentraba cientos de metros bajo la misma. No podía creerlo. Era inmenso.

Seguí hacia delante y noté un peso en el pecho, un nudo en el estómago.

Aquella arquitectura totalitaria tenía por objeto hacer que el individuo se sintiera pequeño, minúsculo ante lo que se suponía era un gran ideal. A mí me ocurrió.

Creo que sentí una mezcla del síndrome de Sthendal y la emoción que me invadió al comprobar que tantos y tantos hombres habían sufrido para lograr salir de allí y reunirse con sus familias.

Era la tumba de un dictador. Decían que era tímido. Aquella no me pareció la tumba de un tímido.

Pensé en los personajes de mi novela, de uno y otro bando. Gente a quien la guerra arrasó como un tren en marcha. Pensé en los presos que, de verdad, sufrieron allí.

Sentí que me ahogaba y rompí a llorar como un niño.

Sé que decía algo así como: “sufrieron tanto…” pero no lo recuerdo bien.

Tuve que salir al exterior. Vi el hermoso paisaje y respiré el aire puro de la sierra. Me sentí mejor. Me acompañaban mi mujer y mi hija, el futuro. Y eso hice; pensé en el futuro.

Creo que todos, todos los españoles, de cualquier ideología, deberían visitar el mausoleo de Franco. Y no creo que, en absoluto, deba ser derruido. El que proponga algo así es un memo pues forma parte de nuestra historia nos guste o no, y debemos conocer bien nuestra historia, incluso lo malo.