miércoles, 6 de julio de 2011

HIGH SCHOOL ZOMBIES.- un relato de Jerónimo Tristante


EXTRAÑO SUCESO EN LA SIERRA DEL PINO

La aparente caída de un meteorito se salda con dos vacas muertas y ningún rastro de materiales de origen extraterrestre.

A.P.S. Un extraño suceso tuvo lugar el sábado por la noche en la Sierra del Pino. Más concretamente en la zona conocida como Casas de la Juana, a la que los jóvenes acuden a hacer botellón los fines de semana. A las 11,35 de la noche, algunos conductores y muchos de los asistentes a un concierto al aire libre en el Huerto del Cura, comprobaron cómo un objeto incandescente caía a toda velocidad sobre la Sierra que vigila nuestro pueblo. Un enorme resplandor, seguido de un estruendo, hizo pensar a los más que un meteorito de considerables dimensiones había impactado contra el suelo. De inmediato se dispuso el operativo de emergencia que incluía a bomberos, protección civil y paramédicos. Sólo se hallaron dos vacas muertas mientras que unas decenas de jóvenes que se hallaban en la zona

Declararon que, sorprendentemente, no habían visto nada. El mismo domingo por la mañana se desplazaron desde la capital de la comunidad autónoma dos equipos de investigación: uno del Instituto Meteorológico y otro del Departamento de Física Experimental de la Facultad Raúl Argemí. A pesar de hallar restos de quemaduras en el suelo en área de unos cien metros cuadrados, no se ha hallado material alguno que justifique el posible impacto. Ni materiales que pudieran asociarse con un meteorito ni plásticos o metales que pudieran explicar el impacto de una avioneta o un globo meteorológico.

El Instituto Sismológico detectó una vibración de 2,3 grados en la escala de Richter. Un caso extraño.

DAVID BISBAL SERÁ NOMBRADO HIJO ADOPTIVO DEL PUEBLO

Es conocida su vinculación con el pueblo pues de niño pasaba los

veranos en casa de sus tíos.

P.D.S. Ayer saltó la noticia. David Bisbal

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Atrás

Entro a clase de mala hostia. El inspector de educación me ha estado tocando las pelotas con mi memoria. “Le falta esto…le falta lo otro”. Puto gilipollas. Sanguijuela de mierda …. Son todos iguales, malditos desertores de la tiza. Así no consigo la cátedra. Total por doscientos euros de mierda.

No, no, un momento. No está mal. Doscientos napos al mes son ….así a vuela pluma, mil seiscientos pavos más al año. Merece la pena. Esta tarde me tocan los niños. Cuando los deje en casa de mi ex , cenaré algo ligero y le daré un repaso.

Vuelvo a la realidad desde mis propios pensamientos, levanto la cabeza y compruebo que hay algo raro en el ambiente. En lugar de encontrarme a treinta chicos de 3º de la ESO gritando, hablando y dando el coñazo, todos están sentados mirándome. ¡Qué raro! Hoy no tendré que perder quince minutos en conseguir restablecer el orden antes de poder siquiera pasar lista. Me miran fijamente, ¡están atentos! Es algo tan inusual que hasta me siento violento. Entonces hago una de mis bromas habituales:

-¡Extraterrestres! ¿Qué habéis hecho con mis alumnos?

Se miran unos a otros, extrañados. No han entendido el chiste. Lo normal. Uno de ellos, muy educado, levanta la mano y tras esperar a que le de la palabra me dice:

-No, no, profesor, somos sus alumnos. No somos extraterrestres. ¿Comenzamos la clase?

Yo, por mi parte, decido no hacerle ascos a situación tan favorable y comienzo con mi clase sobre el Cantar del Mio Cid.

Adelante

Paco Infantes abre la puerta de emergencia con cuidado y asoma la cabeza al interior del segundo piso. Nadie.

¿Qué habrá pasado? Hay un silencio sepulcral, tan inusual en un instituto de secundaria , que le hace recelar. Comienza a caminar con cuidado. Entonces, de un pasillo lateral surge un alumno. Richard Cifuentes. Lleva una libreta en la mano y se dirige a él muy educadamente:

-Perdone profesor, ¿podría aclararme una duda?

Le parece raro que un pedazo de cabrón como aquél le pregunte algo relacionado con los estudios. Es un delincuente juvenil, pero el trabajo es el trabajo y como buen maestro se interesa por ayudar al alumno. Como el chico le acerca la libreta, Paco se agacha para echarle un vistazo. Cuando quiere darse cuenta la cara del adolescente se ha transfigurado. Sus pupilas parecen rojas y los dientes, afilados. Su aliento huele a podrido, a tubería y cieno.

Antes de que ese pequeño cabrón pueda morderle, algo lo hace desaparecer tras impactarle en el rostro.

-Booooooong!!!

¿Qué coño ha sido eso? ¿Una campana?

Paco se gira y ve junto a él a Javier, de Lengua. Lleva una pala en las manos y al parecer acaba de atizar con ella al alumno que ha salido despedido a más de dos metros.

-Pero….¿estás loco, Javier? Ese tío es ecuatoriano. Te van a expedientar por pegar a un alumno y encima, ¡inmigrante!

El crío se levanta de un salto y gruñe como una alimaña. Salta hacia ellos de nuevo.

-Booooong!

Otra hostia.

Esta vez Javier le ha doblado el cuello y queda en el suelo agitando los pies como una cucaracha.

-¡Le has…. Le has partido el cuello!

-Sí, o él o nosotros. Vamos, bajemos, no tenemos tiempo. He subido a por el botiquín de la conserjería de este piso. No te separes de mí si quieres seguir vivo. Son unos hijos de puta.

-Ya. Dime algo que no sepa. ¡Pero no se puede pegar a los alumnos! ¿Estás loco?

-Comen gente.

-¡Le has partido el cuello y sigue moviéndose! ¡Está vivo!

Javier ni escucha al recién llegado y echa andar hacia el fondo del pasillo. Alcanza el habitáculo acristalado del conserje y con la pala rompe los cristales. Abre el botiquín y vacía todo el contenido del mismo en una bolsa de tela que lleva en bandolera.

-Pero….¿me has oído? ¿Qué coño haces? ¿Te has vuelto loco? ¿Qué está pasando?- grita fuera de sí Infantes.

Se oyen pasos y murmullos, sonidos guturales que ponen los pelos de punta. Vienen del pasillo anexo a la conserjería.

-Ahí vienen. No hay tiempo. Vamos, al piso de abajo. A la sala de profesores.- dice Javier.

Atrás

Vaya día másextraño. Me he encontrado a Lorena, la de Inglés, absolutamente fuera de sí en la cantina. Dice que un alumno la ha atacado. No es la primera vez que lo veo. Se ceban con los más débiles. Son machistas y se prueban con las compañeras que parecen más flojas. Yo soy un tío de 1,90. Tengo mala hostia cuando hace falta, entienden mis coñas y me respetan. Nunca tuve problemas. Al parecer la chica estaba haciendo fotocopias cuando un chaval ha intentado agredirla.

-Sí, Antonio Jesús de 1º de la ESO A.

“Pero si es un bendito, pienso para mí.

-Estaba en conserjería esperando para la que dieran unos folios para un examen cuando yo, por error, me he apoyado en el botón de la fotocopiadora y ésta, estando abierta, se ha disparado. Con el fogonazo ha dado un salto hacia atrás y los ojos se le han puestos rojos, de pronto, tenía los colmillos largos y ha bufado como un gato lanzándose hacía mí. Yo he gritado y se ha quedado parado. Entonces ha aparecido el jefe de estudios y se ha calmado. Ha vuelto a la normalidad de repente. Como si nada hubiera pasado.

El cantinero, tras ella, me mira y se señala la sien con el índice a la vez que lo hace girar como indicando que la pobre está loca. “Out of order”, pienso. Otra buena profesional que se hace añicos por la presión. No será la última. A veces fantaseo con la posibilidad de ahostiar a esos pequeños cabrones. Se quedarían muertos si alguien los cogiera por la pechera y les curara esa insolencia a hostias. Y al inspector. A ése lo enculaba yo sobre la mesa del despacho del director. A lo Pulp Fiction. Decididamente estoy perdiendo la cabeza.

Adelante

Paco Infantes y Javier llegan al piso inferior, en el entresuelo. El segundo golpea la puerta de la sala de profesores con una suerte de contraseña que provoca que al otro lado se escuchen ruidos. Parece como si movieran gran cantidad de objetos. Han atrancado la puerta como si temieran a algo o a alguien.

-Pero…¿qué está pasando ¿- comienza a decir Infantes cuando se abre la puerta y alguien le grita:

-¡Rápido, rápido! ¡Adentro!

Cuando varias figuras bloquean con muebles la entrada los dos recién llegados comprueban que apenas se ve nada en la amplia sala. Las ventanas, pese a estar ubicadas en un entresuelo, están selladas con tablones que alguien ha asegurado con clavos. Las luces de emergencia no proporcionan luz suficiente.

Sobre la mesa los escasos víveres de que disponen los asediados: porquerías de máquina expendedora como kit kats y patatas fritas de bolsa.

-Yo tengo un bocadillo.- dice Infantes echando mano a su cartera que ciñe en bandolera.

Mientras que los otros reparten con excesiva equidad el bocata, comienza a decir:

-He estado dos días de baja y me encuentro esto. ¿Qué cojones está pasando?

-Comenzó ayer, por la mañana….- empieza a aclararle Javier.

Atrás

Mierda. Aprovechando que tengo una guardia tranquila- sólo ha faltado el raro de Infantes- y que Asumpta se ha hecho cargo de sus alumnos, disfrutaba de un café con tostadas cuando han venido a avisarme. Me ha venido a la cabeza un azulejo de esos tipo souvenir que vi una vez en un bar: “Hace un día cojonudo, verás como viene algún imbécil y me lo jode”

Parece que un cabroncete ha mordido un compañero. Quieren que lo acompañe a urgencias. Voy a jefatura de estudios. El crío parece nervioso pero no, no es de los pitufos. Es de 2º de Bachillerato. Tiene un buen bocado en el antebrazo. Lo observo cuando, momentáneamente, el jefe de estudios levanta la gasa para echar un vistazo. Le han arrancado un pedazo de carne, se ve la marca de los dientes. Joder.

-¿Quién ha sido?- pregunto.

-Macarena.- dice el conserje tras de mí.

El chaval, un tocho de tío, que ronda el 1,90 se desmaya.

-¿Has llamado al 112?-pregunto a Rubén, el conserje.

-Estamos sin línea telefónica.

-¡Coño! ¿Cómo es eso?

-No sé, se ha caído la línea.- el jefe de estudios.

-Pues coño, usad el móvil.- yo.

-No hay cobertura.- el conserje.

Pongo cara de extrañeza.

-Debe ser una avería general.- aclara el jefe de estudios- Llévalo a urgencias en tu coche. Marisa y yo llevaremos a Macarena en el nuestro a que le chuten algo. Está muy nerviosa.

Entre los tres llevamos al chaval en volandas a mi vehículo y lo acomodamos en el asiento de atrás, sobre el regazo del conserje. Yo conduciré y el jefe de estudios vuelve a por la chica.

Arranco pensando en que aquello es raro. Estoy acostumbrado a ver todo tipo de agresiones pero entre alumnos tan mayores es extraño…..

Los alumnos de mayor conflictividad social se hacinan en los niveles inferiores. Dejan los estudios como mucho a los dieciséis. En bachillerato uno trabaja ya con gente madura. Alumnos demasiado preocupados por el futuro como para meterse en líos.

Luz roja. El semáforo del cruce anterior a la entrada en la autovía. Miro por el retrovisor. El conserje tiene cara de mala hostia.

-Oye Rubén- pregunto- ¿Y dicen que ha sido Macarena? ¿Estás seguro?

Asiente. Nunca ha sido de muchas palabras. Le llamamos “el carro de la alegría”.

-Increíble. Me lo cuentan y no me lo creo. Esa cría es un encanto, una maravilla. Estudiosa, guapa…- yo

-Conozco a sus padres. Es raro.- él.

-¿Y por qué lo ha hecho?- yo.

-Ha sido de pronto. Dicen. Inexplicable.

-Puto semáforo.- yo- ¡Cuánto tarda!

Veo llegar el coche del jefe de estudios. Para tras de mí. En el asiento delantero va él y, al lado, Macarena. Parece tranquila. Detrás va sentada Marisa, la de latín.

Adelante

-Están por todas partes, ¿no te has enterado?- pregunta Asumpta a Infantes. Incluso en circunstancias como éstas me parece guapa.

-No, coño, no. He estado enfermo y vivo sólo.

-Empezó a ayer. Debe ser un virus, no sé….como la rabia. No hemos podido salir ni comunicar con el exterior. Han debido cortar la línea telefónica.

-¿Han..? ¿Quiénes?- pregunta él.

-Los alumnos.- yo.

-¿Los alumnos?- él.

-Sí, es una especie de epidemia.- yo.

-Pero…. ¿y los padres? ¿No han venido a por sus hijos? Al ver que no volvían del instituto se habrán desplazado aquí, ¿no?

-Ven- le digo.

Levanto a malas penas un tablón y le dejo echar un vistazo al aparcamiento principal. Cuatro o cinco monstruos, tres chavales y un adulto, están comiéndose lo que queda de un cuerpo. Tiran de los intestinos como los buitres leonados de los vídeos de Félix Rodríguez de la Fuente.

Comienza a vomitar.

Atrás

Parados en el semáforo. La espera se me hace eterna. Cuanto antes lleve a la agresora y al agredido al centro de salud, mejor.

-El crío tiene fiebre. –dice el conserje. Me giro y compruebo que el chaval comienza a convulsionar. Al fin, verde. Justo cuando voy a pisar el acelerador miro por el retrovisor y grito:

-¡Hostias!

-¿Qué pasa?- el conserje.

Compruebo horrorizado que Macarena se ha lanzado sobre el jefe de estudios. ¡Le está mordiendo el cuello! ¿La rabia? Dejo el coche en punto muerto y bajo del mismo, corro, corro hacia el coche parado detrás de nosotros. Veo al jefe de estudios agitarse gritando. Cuando llego a su altura doy un rodeo. La chica a hecho presa y no lo suelta. Grita el jefe, y grita mi compañera Marisa que ha salido por patas por la puerta trasera.

Abro la puerta del asiento de Macarena y engancho su pelo con mi mano, largo y sedoso. Tiro con todas mis fuerzas y suelta al jefe de estudios emitiendo un gemido de dolor. Lleva algo en la boca, carne y unos cables. No, son venas.

El jefe de estudios apenas farfulla y se sacude como un epiléptico. La sangre sale a impulsos. Es un chorro bestial que lo empapa todo. A mí también. Un latido, un chorro, otro latido….. Se va a desangrar. Busco un trapo. Algo. ¡Rápido, rápido! He arrojado a Macarena fuera del coche y busco en los asientos. Ni un pañuelo ni un jersey, nada. Pongo mis manos en su cuello y no puedo impedir que la sangre mane a borbotones:

-¡Rubén, aquí, Rubén!- grito llamando al conserje. Un nuevo alarido. Es Marisa. Macarena a cuatro patas le está comiendo la cara. Voy hacia ellas, no puedo levantarla y de nuevo, no deja a su víctima. Escucho un motor. Rubén se ha pirado con el coche del jefe de estudios que yace en el suelo. Muerto.

Abro el maletero de mi coche y abro mi padelero. Saco mi pala de padel. Una airbox, 175 pavos. No pienso en ello. Me acerco y le suelto un mandoble a Macarena en pena cabeza. Cae a un lado aturdida.

Se gira sobre se misma y se coloca de nuevo a cuatro patas. Parece un perro rabioso. Los ojos, son rojos, o inyectados en sangre, va a saltar sobre mí. Macarena, antaño una alumna modelo, salta sobre mí y yo la espero.

Adelante

-¿Qué vamos a hacer?- pregunta Asumpta.

En la semioscuridad de la sala de profesores hago un recuento y compruebo que apenas somos 9. Los demás deben de haber caído. No hay noticias del exterior. No tenemos radio ni televisión. La infección debe de haberse extendido por el pueblo, no hay otra explicación. De no ser así alguien hubiera venido a socorrernos. Los padres de los alumnos habrían acudido a interesarse por ellos. De hecho anoche vinieron bastantes coches. Sus propietarios yacen tirados aquí y allá. Los menos afortunados huyeron con un simple mordisco y a estas horas estarán infectados.

Asumpta va a al baño. La sigo. Espero fuera. Me gustaría hablar con ella. Un solo beso es poco bagaje para una relación. Desde mi divorcio no me sale nada bien. Me gusta, sé que le gusto, pero algo debió pasarle con su ex marido que la ha vacunado contra los hombres. “Necesito tiempo” me dijo aquel día. Sale y nos miramos.

Creo que vamos a morir. Nos abrazamos y comenzamos a besarnos. Antes de que pueda darme cuenta me ha arrastrado hacia el interior del baño y echa el pestillo. Esto es producto de la desesperación, no hay duda. Sus tetas son duras como piedras. La beso a la vez que sujeto su culo. Jadea. “Te quiero, te quiero….tanto tiempo perdido”.- musita.

Los otros, en la sala de profesores, ni se enteran. Ojalá que entren ahora esos monstruos y nos maten ahora. Al menos moriría follando. Feliz.

Atrás

Según salta sobre sí descargo la pala con todas mis fuerzas sobre su cara y sale despedida hacia atrás. Rueda por el suelo y alzo mi “Air box”. Está totalmente partida y una gran parte de la zona central cuelga hacia un lado.

La cría gruñe como una bestia mientras veo a Marisa convulsionando. Se muere. Cuando Macarena vuelve hacia mí compruebo que su nariz parece un bulto sanguinolento. Le ha dado una buena hostia pero no parece sentir el dolor.

Una voz gutural, como salida de una peli de serie B sale de su garganta:

-Vais a morir todos.- me dice mirándome desde la profundidad de sus malignos ojos rojos.

Cuando salta sobre mi descargo de nuevo la pala que termina por romperse. Caigo hacia atrás y me inmoviliza. Está sobre mi y lanza dentelladas que esquivo ladeando una, dos veces. Alzo la pala, apenas el puño, que no pienso soltar con una suerte de larga astilla afilada en el extremo. Justo cuando va a devorarme el rostro la clavo en su garganta a la vez que adelanta su cabeza hacia mí. Emite un gorjeo asqueroso e inhumano quedándose quieta. Los ojos en blanco. La empujo hacia un lado y saco el asta de su garganta. Un chorro de sangre me salpica la cara y la camisa. Y vuelvo a clavar mi arma a la altura de su corazón una, dos, tres veces…..hay sangre por todas partes.

-¡Dios!- grito asqueado. Espero no contagiarme. Marisa está muerta y no hay rastro del coche del jefe. No me atrevo a tomar el mío, el alumno mordido está dentro de él. temo que me ataque. Macarena, la alumna infectada no se mueve, está muerta también.

¿Qué está pasando? ¿Hay un virus? ¿Es una mutación de la gripe? Parece la rabia o algo así. ¿Qué hago? Mi móvil tampoco tiene cobertura aquí. Qué raro. No veo nadie a mi alrededor y corro hacia el instituto.

Adelante

Ella tiene el culo apoyado en el lavabo y yo estoy descansando sobre sus hombros, exhausto. Tras esa iluminación que sigue a la descarga veo claro que vamos a morir. No sabemos qué está pasando. Oigo sus pasos en el piso de arriba. Corretean aquí y allá. Tarde o temprano lograrán entrar y no tenemos con qué defendernos. Asumpta musita cosas bonitas junto a mi cara. Qué tontos somos los seres humanos que dejamos pasar tantas y tantas oportunidades para ser felices, pienso.

Si supiéramos qué está pasando fuera. Si pudiéramos contactar con el exterior. Igual las autoridades están buscando gente sana. ¿ Hasta dónde habrá llegado esta plaga? ¿Enviarán a la policía? ¿Al ejército?

Necesitamos dos cosas: armas y comunicación con el exterior. El laboratorio de química está aquí abajo, en esta planta. Seguro que Joaquín podría prepara algo, cócteles molotov o algo así. ¿Y la comunicación?

-Vamos, Asumpta. Salgamos a la sala. Tengo algo que decir.

Nos separamos poco a poco. Sin saber cuándo volverá a ocurrir algo así. Quizá nunca. Se sube las bragas mientras que voy descorriendo el pestillo.

-¿Se habrán enterado los de fuera?- digo.

Ella estalla en una carcajada:

-Con el escándalo que hemos armado, seguro.- dice. No parece ella, siempre tan comedida.

Atrás

Llego al instituto empapado en sangre y me encuentro a Asumpta en el recibidor.

-¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?

-No, no, no es sangre mía.- la tranquilizo. Debe ser por el shock pero me encuentro demasiado tranquilo. Casi lúcido. Lo que ha ocurrido parece un sueño y, sin embargo, es real. Le cuento lo del coche. Que he matado a Macarena. Que el conserje se fue el otro vehículo y que he abandonado por miedo al chaval atacado en el asiento de atrás presa de la fiebre. Macarena y Marisa están muertas. El jefe de estudios, también.

Me mira con los ojos muy abiertos pero no termina de sorprenderse.

-Dos alumnos se han vuelto locos y han atacado a la gente. Julio, el de Educación Física, ha tirado a uno por la ventana desde el segundo piso. Está muerto.

-¿El crío?

-Sí.

-¿Y Julio?- yo.

-En la sala de profesores, como catatónico. –ella- Se siente culpable. No podía hacer otra cosa. Los teléfonos no funcionan. Al otro alumno lo hemos encerrado en un aula, en 1ºB.

-¿Quién es?

-Jeyson Rodríguez.

-Menudo firma.

-Pues curiosamente, hoy estaba portándose modélicamente.

-¿Cómo dices?

-Sí, Paco Moreno, de Lengua, me ha dicho que estaba muy calmado y que incluso ha abierto el libro y la libreta en clase. Ah, y que hacía preguntas.

-No puede ser..- yo.

-No puede ser…¿qué?.- ella.

-Los alumnos, la mayoría están infectados.

-¿Qué dices?

-Sí, joder, ¿tú no has notado que estaban muy tranquilos? ¿Qué atendían incluso en clase?

-Sí, pero …

-¿No es raro?

-Rarísimo, cobre todo en 2ºC.

-Hay un virus…. O algo así. Cuando lo incuban tienen fiebre, el chaval del coche está febril. Luego se transforman…..ya sabes, modositos, como si…-

-No te entiendo, estás loco.- ella.

-¿Han mordido a mucha gente?.- yo.

-Creo, que diez o doce. Están en el despacho del director con la orientadora.

-Hay que encerrarlos.

-¿Cómo? ¡Están heridos!

-Están infectados. ¡Vamos hostias! No hay tiempo.

-Tendrás que cambiarte de ropa. Los de Educación Física pueden dejarte algo- me dice mientras subimos las escaleras de dos en dos.

Entonces nos cruzamos con Abdul Belkasem, un pedazo de cabrón que mueve droga en el instituto, su padre está en la cárcel y su madre desapareció con un camionero. Está en un hogar de acogida pero lejos de mejorar cada vez da más problemas. Lo he visto muchas veces. Quiere vengarse de esta sociedad y acabará en el maco o muerto antes de los veinte. Va caminando pausadamente. Con un libro en el regazo.

-¿Dónde vas?

-A la biblioteca.- me dice.

Lo tengo claro.

-Abdul.- me escucho decir. Acompáñame un momento.

Adelante

Hemos llegado al laboratorio de química. Anochece y no hay luz. Todo está a oscuras pero Alejandro Fabre ha sabido preparar algo efectivo. Los químicos son fantásticos. Unos pequeños matraces con agua y sellados con un tapón. En el interior un pequeño tubo de ensayo con sodio. Cuando se lanza y se rompen y el sodio entra en contacto con el agua explotan. Algo es algo. Servirán.

Tenemos que pasar por el aula de informática. Luis el informático puede preparar una especie de radio con algo de material. Dice.

Salimos al pasillo y caminamos pegados a la pared. Somos tres y estamos acojonados.

-¡Rápido, rápido! – dice Alejandro mientras que Luis intenta abrir la cerradura de su aula.

Se me encoge el alma al ver unos ojos rojos al fondo del pasillo. Tengo un stick de hockey en una mano y en la otra una ampolla de sodio.

-¡Date prisa , hostias!

Alejandro escarba en su bolsa y saca otras dos ampollas.

-Espera- digo yo- No las desperdicies.

Luis hace ruido registrando cajones en el aula.

-¿Qué?- pregunto- ¿Está ya…?

-Una cosa, me falta una cosa.

Un gruñido me hace girar. Esa cosa bien hacia mí en la oscuridad.

-¡Ahora!- grito.

Alejandro y yo lanzamos las tres ampollas al unísono y una deflagración ilumina el oscuro pasillo. Esa cosa huye ardiendo hacia el fondo, a la vez que emite unos sonidos extraños, como gritos metálicos que me hacen sentir pánico.

-Es demasiado grande para ser un alumno.- Luis, que ya ha salido con el zurrón lleno.

-Será un profesor infectado.- dice Alejandro- Le daba un aire a Blas, el de Filosofía.

-Nunca me gustó ese tío. Era un gilipollas- yo.

Atrás

Vuelvo al despacho del jefe de estudios tras haberme duchado. Ya no hay rastro de sangre sobre mí. Espero no haberme contagiado. Si no tengo heridas no creo que el virus o lo que coño sea atraviesa la piel. Me he puesto un chándal que me han prestado los de Educación Física. Parezco un burgués en sábado, a punto de acudir al centro comercial. Ojalá. No me gusta un pelo lo que está pasando.

Cuando entro en el cuarto me encuentro con dos compañeros que, siguiendo mis instrucciones , han sujetado a Abdul a la silla envolviéndolo en cinta aislante como si fuera una crisálida. Me miran como si estuviera loco pero al menos me han hecho caso. Descuelgo el teléfono y llamo al director a su despacho. Allí están atendiendo a los heridos. Llega en unos minutos acompañado de Asumpta.

-Pero……¿qué es esto? ¿Te has vuelto loco Javier?

-Es peligroso. Está infectado.-yo.

Hace un aparte conmigo y me dice al oído:

-Este tío es moro…..joder….se nos cae el pelo. ¿Te imaginas lo que dirá la prensa? ¡Se nos van a echar encima todas las asociaciones de apoyo al inmigrante!

-Mira Julián- contesto muy calmado- tu jefe de estudios está muerto. Yo lo vi. Una alumna modelo le ha arrancado a bocados las venas del cuello. Marisa, la de Inglés, también es fiambre. Esa hija de puta le comió la cara. Yo la maté después. Aquí hay una epidemia de algo muy fuerte y muy raro. Alguien ha debido joder el repetidor y no tenemos ni señal de telefonía móvil ni línea telefónica. Este pequeño cabrón está infectado, te lo digo yo. ¿De verdad crees que alguien va a encularnos por atarlo con cinta aislante?

-¿Qué está pasando?-pregunto al chico.

-Nada.- contesta con cierto aire bobalicón. Parece como drogado.

-¿Veis? Está en fase de incubación.- yo- Se ponen así tras la fiebre. Y luego se transforman.

El crío me sonríe.

-¿Cómo empezó esto?- yo

-No sé de qué me habla, profesor.

Abdul, antaño un pedazo de cabrón me observa con ojos beatíficos. Saco una jeringa del bolsillo del chándal y sin mediar palabra, le saco sangre.

-¿Qué haces?- dice Asumpta.

-No lo sé, dar palos de ciego. Esperad, dadme diez minutos.

Adelante

Estoy dormido tirado en el suelo. Sin darme cuenta he terminado por apoyar mi cabeza en el regazo de Asumpta. Ronquidos. Un pedo lejano. Apenas sí somos diez y no tenemos ni idea de lo que está pasando fuera. Esos bichos deben tener fotobia porque salen más por la noche. Entonces se oyen berrido, gritos de gente que huye, que es alcanzada, que mueren devorados por esas bestias. Es nuestra segunda noche aquí y no viene ni Dios a salvarnos. Luis ha conseguido montar una especie de radio pero apenas si hay señal. Hemos oído unos segundos de las noticias: “….evacuación de….. en Levante……el ejército ha….” Nada más. ¿Viene el ejército? ¿Hasta dónde ha llegado esta epidemia? Hemos discutido si salir o no. Intentar una huida desesperada hacia el pueblo. ¿Habrá gente viva allí? ¿Y si esos putos zombies están por todas partes y nos devoran? No quedan cartuchos para la escopeta de Viudes Él está muerto. ¿Qué podemos hacer? Si esos hijos de puta no hubieran cortado el teléfono. Reventaron el repetidor de telefonía móvil que daba señal al pueblo.

Entonces vuelvo a escuchar el sonido que me ha despertado. Es como si un ratón estuviera royendo algo. Infantes se levanta y va hacia el baño arrastrando los pies y rascándose el culo. Enciende la luz y un tenue resplandor ilumina la sala de profesores. Entra y cierra la puerta tras de sí. Entonces, tras un breve silencio escucho un grito aterrador. ¡Están en el baño! Han debido de entrar por el conducto de ventilación para acceder al aseo rompiendo la escayola del techo.

Atrás

-Mirad.- yo.

El director se acerca y guiña un ojo mirando por el microscopio de mi laboratorio.

-¿Qué cojones es eso?- él.

-Es la sangre de Abdul. –yo- Fijaos en que contiene miles de pequeños seres unicelulares. Son móviles y dos mil veces más grandes que una bacteria. Son como protozoos pero muy muy grandes. Se observan con facilidad con un simple microscopio óptico.

-¡Joder!- exclama Asumpta mirando la preparación.

-¿Y esas cosas…?.- el director.

-Es una infección extraña. Algo nuevo.-yo.

-Pero…¿Y por qué aquí?.- Asumpta, sin dejar de mirar por el micro.

-Tengo una teoría.- yo.

-Sorpréndenos, Javier. Al final siempre terminas llevando razón.- el director.

-El meteorito.- yo

-¿Qué?.- ellos.

-Sí, esa cosa que cayó el sábado por la noche. Hubo algo. Una explosión, recordad que los físicos no se lo explican. Casi todos los jóvenes del pueblo estaban haciendo botellón.

-Ves muchas películas de ciencia ficción….- el director.

-Seguidme.- ordeno encaminándome al despacho del jefe de estudios.

Adelante

Cuando llegamos al baño una de esas bestias ha destrozado a cabezazos el débil panel de aglomerado de la puerta. Infantes grita mientras que uno de esos bichos le come la cara contra un rincón. Le reviento la cabeza al que asomaba con la culata de la escopeta de Viudes.

-¡La hostia!- exclama Angustias, de Francés, al ver los sesos de esa cosa esparcidos por todas partes. Dos de esos bichos se descuelgan por el agujero que han hecho en el techo del aseo. Reculamos. Bajan más. La gente comienza a gritar.

-¡Están aquí, están aquí!- vocea alguien tras de mí, en la oscuridad. Antes de que pueda decirles que estén quietos, que conserven la calma, escucho estremecido el sonido de los clavos de las maderas que sellaban la puerta.

-¡No salgáis! ¡No salgáis!- grito.

Demasiado tarde. Abren la puerta y esas cosas les están esperando. Oigo los gritos, el ruido de los chorros de sangre que fluyen salpicándolo todo, tendones y huesos que se rompen. Tomo la bolsa de Alejandro y le digo:

-¡Ayúdame!

Tras asegurarme de que Asumpta está tras mi espalda lanzo una ampolla a los zombies que ya salen del baño. Arden gimiendo tras la deflagración.

Escucho un alarido aterrador. Alejandro ha lanzado dos ampollas contra la puerta principal. Un revoltijo de cuerpos se amontan en el suelo. Está oscuro y no distingo a mis compañeros de las bestias. Pasamos sobre ellos.

-¡Arriba, a la terraza!- yo.

Atrás

Abdul me mira sonriente. Ya no tiene la expresión bobalicona de antes. Su mirada parece la de otro, impía e inquietante.

-Lo he visto.- yo.

-¿El qué?- él.

-Tu sangre, esos bichos. Parecen protozoos.

-Vaya, qué listo.

-¿Tú sabes qué está pasando aquí?

Ladea la cabeza.

-Eres uno de ellos. No te voy a soltar.

Mira hacia el suelo. Entonces, levanta la cabeza y comprobamos horrorizados que sus ojos se han vueltos rojos.

-¡La hostia!- exclama Higinio, de Sociales.

Abdul nos mira amenazante y con una voz como salida de ultratumba sentencia:

-Vais a morir todos.

-¿Cómo?- el director.

Yo tomo el stick de hockey que sujeta uno de mis compañeros y me voy hacia él:

-¡Habla hijoputa! ¡Habla!

Me sujetan entre varios pero la hostia que le he dado le ha abierto una brecha en la frente.

-¿No lo entiendes humano?- me dice- Da igual lo que me hagas. Somos una comunidad y este cuerpo es sólo un envoltorio que hemos tomado prestado. Somos billones de billones. Nos reproducimos a toda velocidad y estamos interconectados. Somos una colonia. Trillones de seres conectados en una sola voluntad. Un superorganismo indestructible. Da igual que eliminéis este cuerpo. Estamos ya en muchos más.

-Pero…¿quiénes sois?- Asumpta.

-Nunca hemos tenido nombre. Pero existimos desde la noche de los tiempos….- Abdul comienza a hablar con dificultad-…. Vamos de planeta en planeta……destruyéndolo todo……. Necesitamos…..

-¿Qué?- yo.

-……digamos que necesitamos nutrientes, unas moléculas parecidas a vuestras proteínas….. sois buen ganado- entonces se interrumpe con un gran eructo.

-Llegasteis con el meterorito, ¿verdad?- yo

Asiente.

Huele a cieno en la habitación. Entonces nos mira y de golpe, comienza a vomitar sangre y trozos de carne.

-¡Joooder!.- grita el director dando un salto hacia atrás.

Entonces, esa cosa revienta la cinta aislante que le envolvía y se lanza sobre él dando un alarido horrible. Nosotros comenzamos a golpearle con los sticks pero no hacemos mella en su ánimo. Es como una especie de kamikaze con una sola misión, devorar la cara del director. Escucho los pasos de Aumpta que huye del despacho a toda prisa. Uno de los impactos arranca fragmentos de cráneo, pelo y sesos de la cabeza de Abdul que se desploma. Continuamos apaleándolo hasta que su cráneo parece una máscara de simio de las que venden en carnaval.

-Tengo una escopeta en el coche. Esta tarde pensaba ir a cazar- dice una voz tras de mí. Es Viudes.

Adelante

-¡Corre, corre!- grito a Asumpta que me precede. Las bolas de agua y sodio nos han dado unos segundos para atacar la escalera.

Me giro y veo a Alejandro resbalar. Hay más de cuarenta de esas cosas tras nosotros. Uno le coge del pie. Me mira como si fuera un cachorro a punto de ser devorado. No me lo pienso y lanzo mi última ampolla apuntando a su zurrón. Dentro deben quedarle cuatro o cinco y lleva una en la mano. La deflagración me deja medio ciego por un momento. Apenas si acierto a ver unas figuras apartándose aquí y allá. A algunos les falta un brazo o una pierna , otros arden en llamas. Tengo restos de carne de Alejandro sobre mi chándal. No miro atrás y corro escaleras arriba.

Adelante

Estamos junto al coche de Viudes. Con el maletero abierto.

-Mira, se meten los cartuchos así. Cierro la escopeta y ¡lista!

Una extraña figura salida de no sé dónde da un salto y le muerde la yugular. Es una de esas cosas. ¿De dónde hostias ha salido? Reconozco lo que queda de Damián Cremades apenas un pitufo de 1º de ESO. Tomo la escopeta que ha caído al suelo y veo las dos cabezas volar por los aires. Viudes es historia y Damián, también.

Escucho pasos que se arrastran y compruebo que, tras los cuerpos, aparecen cuatro alumnos. Ahora son zombies. Llevan las herramientas robadas del taller de Tecnología y cables en la mano. Son el comando que cortó los cables del teléfono y probablemente habrán jodido el repetidor de telefonía. Por eso no hay señal.

No me lo pienso. Tomo dos cartuchos del zurrón de Viudes y hago fuego. Tres de ellos caen al suelo gimiendo. Uno de ellos va hacia mí. Tomo la escopeta por el cañón y sin reparar en que mis manos arden le reviento la cara de un culatazo. Me giro donde Viudes y arranco el zurrón de su cuerpo exánime. Dos nuevos cartuchos y reviento la cabeza de un disparo a uno que se arrastra. Ejecuto así a los cuatro y vuelvo al instituto tras atarme el zurrón en bandolera y vendarme las manos con unas vendas improvisadas con girones de la camisa de Viudes.

Según entro una alumna con los ojos enrojecidos se abalanza sobre mí. Es Inés, otra alumna modelo de 4º de la ESO.

-¡Booooooom!

El ruido del disparo de la escopeta de postas resuena en todo el hall mientas que ella cae de rodillas y se desploma sin cabeza.

-Pero….¿qué ha hecho? ¿Qué ha hecho?- me grita Úrsula, una amiga que la seguía.

-¡Es uno de esos zombies!.- grito fuera de mí. Me alivia que Úrsula no lo sea, no me daba tiempo a recargar.

-¿Qué zombies?-ella.

-Los zombies, hay una epidemia. ¿No lo sabes?

La cría niega con la cabeza.

-¡Sí, hostias! Es una especie de protozoo. Ella era una de ellos, ¡tenía los ojos rojos!

-¡Tenía conjutivitis!- solloza ella-¡Estaba en pleno ataque de alergia y yo la acompañaba para llamar a casa de sus padres!

Adelante

-¡Quita Hostias!- grito apartando a Asumpta de malas maneras mientras que reviento el candado a culatazos. Esas cosas están aquí. La puerta cede. Me giro. Descargo un golpe sobre ellos, dos. Asumpta sale fuera. Otra hostia y otro bicho que rueda escaleras abajo. Putos cartuchos. Ya ni siquiera recuerdo cuándo se me acabaron. Sí, apenas un par de zombies después de que despachara a aquella cría inocente, la de la conjuntivitis, Inés.

¿Qué coño hago parado? Ya vienen por la escalera. Salgo al exterior y la luz del sol me ciega. Asumpta cierra la puerta tras de mí. La atranco metiendo la escopeta por la manija. Esas cosas la empujan pero está atascada.

Corremos por la terraza del instituto, inermes. No hay nadie por aquí afortunadamente. Vamos de aquí a allá, de la mano, mientas que esas bestias dan alaridos infrahumanos e intentan reventar la puerta de emergencia a cabezazos abombando el metal de la misma.

¿Qué hacemos Javier?.- ella.

Estamos justo en el borde del edificio. Por un momento pienso en saltar juntos, de la mano. No quiero que esas cosas nos devoren. Una muerte rápida, sí. Será lo mejor.

Entonces, oigo chirriar la puerta tras de mí. Me giro y veo que la han descolgado, se arrastran al exterior. Comienza a amanecer y el sol nos les gusta demasiado.

-¡Mira Javier!- me dice ella.

Me giro de nuevo y miro a lo lejos. Junto al sol naciente una inmensa columna de humo con forma de hongo se eleva y se eleva. Ahora sé que no nos van a devorar. Tampoco nadie vendrá a salvarnos. Han decidido borrar la infección de un plumazo y veo venir la inmensa onda expansiva. En el fondo, me alegro.

martes, 5 de julio de 2011

NOTICIAS HOMÍNIDAS

Bueno amigos, vamos con una ración de esas noticias que aunque parecen de coña, son reales, y que demuestran que la estulticia humana no conoce límites:

Un comandante de Southwest Airlines se queja a micrófono abierto de sus asistentes

El piloto: "Mi tripulación esta repleta de maricones, abuelas y gordas"

Escucharon los insultos todos los pasajeros y los afectados

Tranquilos, que el pobre en el pecado lleva la penitencia porque le han obligado a hacer un curso de "Educación para la diversidad" Y ojo con la siguiente que se las trae, una prueba de eso que Darwin llamaba, Selección Natural

Muere por no llevar casco, en protesta contra la ley que obliga a llevar casco.

Un motorista que participaba en una protesta contra la ley que obliga a llevar casco a estos conductores en Nueva York falleció al caer del vehículo y golpearse con la cabeza en el suelo.

Philip A. Contos, un hombre de 55 años, estaba participando en la marcha a su paso por la ciudad de Onondaga, cerca de Syracuse. El fallecido conducía una Harley Davidson de 1983 y circulaba sin casco acompañado de otros motoristas para protestar contra la ley que les obliga precisamente a llevar puesto este elemento de seguridad.

Menudo firma. Pero ojo que aquí viene otro modelo de conducta: mi amigo Wilfredo

Noticias: Le pagan 75.527 euros de más y se los gasta en alcohol y prostitutas

Wifredo M. G., ex trabajador de una empresa de seguros será juzgado como presunto autor de un delito de apropiación indebida.

Según el escrito de la acusación, un error de la gestoría a la hora de confeccionar su nómina hizo que el empleado cobrara 75.527 euros de más. Cuando se dieron cuenta de su equivocación, citaron al empleado para pedirle que devolviera el dinero. Sin embargo, este les dijo que no tenía esa cantidad porque se la había gastado en putas y en alcohol.

El tío es un genio, con dos cojones, al menos que se inventa que se lo ha gastao en vacunas pa su hijo... en fin. Y ahora peligro, DANGER , DANGER, una desgraciada noticia que demuestra que en el mundo hay cabrones que sólo trabajan pa que pasen cosas malas:

Por un dólar entrega un par de anillos y un certificado

Llega la máquina dispensadora de matrimonios

Hasta ahora, para casarse de una forma estrambótica era preciso irse a Las Vegas, enfundarse el traje de tu cantante o personaje favorito y dar el “sí quiero”. Ahora basta con meter una moneda en una máquina y extraer un certificado como si de un refresco o un billete de autobús se tratara.

Y con esto, que me ha dejao desolao, me voy. Seguiremos informando.

sábado, 2 de julio de 2011

BRUNO

Un relato de Jerónimo Tristante

Pascual Ventura dejó a los niños en el colegio de los Padres Capuchinos de la Plaza Circular y se encaminó hacia la parada del tranvía que debía llevarle hasta el campus.
Era jueves y tenía tiempo por delante. Podía haraganear hasta su única clase, a la una, leer artículos, repasar sus notas o tomar café en la cantina de la Facultad de Psicología cotilleando con los compañeros. Era, sin duda, el mejor día de la semana, había amanecido despejado y la llegada de primavera era inminente. Se sintió bien. Optimista.
Además, a las diez tenía una cita.
En el hotel Campanile.
Miró el reloj y vio venir el tranvía. Las nueve y veinte. Llegaba de sobra. Bajaría en la mitad del trayecto a la Facultad y lo haría con cierta discreción. Como todos los jueves. Tras saludar al conserje subiría a la habitación de siempre donde lo esperaría Lola.
Lola.
Sólo de pensarlo experimentó una tremenda erección.
Aquella chica le excitaba, de veras, y cuando salía del hotel todos los jueves, a eso de las doce o doce y media, sólo deseaba una cosa: que la semana pasara rápido para volver a encontrarse con ella. No es que estuviera enamorado, a su edad esas cosas no ocurren, pero sentía una suerte de atracción inevitable, casi obsesiva, que le llevaba a desear retozar con aquella hembra más que nada en este mundo.
Quizá era porque ella tenía veinte añitos, por su melena de leona, sus turgentes pechos o su prieto trasero. Quizá porque era una alumna y aquello suponía un riesgo. Quizá porque el novio de la mina era un pardillo que estudiaba para aviador en la Academia General del Aire de san Javier. Quizá porque si Cuca se enteraba lo perdería todo.
Sí, sin duda el riesgo lo hacía más interesante. Jugárselo todo por un par de polvos. “¡Así era él, qué coño!”, pensó para sí subiendo al tren que, silencioso y moderno, olía a nuevo.
Por el camino meditó sobre el asunto.
El riesgo, sí.
El riesgo le excitaba.
Había crecido en una familia humilde: su padre era sepulturero y su madre limpiaba escaleras. En casa nunca hubo para dispendios, ni veraneos, ni excesos. Estudió con becas y trabajaba siempre en verano. Su matrimonio con una joven rubia, atractiva y de buena familia le había abierto muchas puertas en una ciudad como aquella. Su viejos estaban muy orgullosos de él.
¡Profesor en la Universidad!
Había publicado un artículo sobre parafilias en The American Psychologist y le llovían las ofertas de empresas privadas para que dejara la Facultad cubriéndole de dinero. Literalmente.
Sí, había llegado lejos. Muy lejos. Y nadie le había regalado nada. Pensó en Lola y se lamentó porque aquel tren no avanzara más rápido. No era que Cuca no le excitara. Ella se conservaba muy bien, siempre perfecta, era la envidia de todas sus amigas. Ahora que los niños eran más mayores tenía tiempo para cuidarse y había logrado borrar de su cuerpo los estragos de la maternidad. Aerobic, spinning, sesiones de masaje y peluquería la mantenían joven, delgada y atractiva , como si tuviera un pacto con el diablo. Además, se había operado las tetas. Dos millones de las antiguas pesetas. Su compañeros de pádel decían que su mujer “estaba cañón” y él se jactaba entre risotadas diciendo que era porque la tenía bien atendida.
No. No era eso.
Además, Lola no era la primera. Le excitaban las alumnas. Él hacía deporte, se cuidaba y a diferencia de la mayoría de sus amigos conservaba aún todo el pelo, blanco, como la nieve, pero abundante y algo descuidado. “Una semi melena casual” como decía su estilista. Un canoso interesante. Las volvía locas.
Pensó en la joven que le esperaba. En Junio le pondría sobresaliente como había hecho con las otras. Para evitar complicaciones.


*****



Eran aproximadamente las dos cuando Pascual Ventura llegó al comedor universitario donde le esperaba Paco Cano que levantó las cejas al verle llegar. Pasaron por el autoservicio para servirse: macarrones de primero y filete empanado de segundo, postre agua y café. Comieron hablando de los nuevos planes de estudio que, catastróficos, amenazaban ya en el horizonte.
-Por cierto, Pascual. Tienes que darme el teléfono del tipo aquel que te puso el parquet. Te hizo un trabajo cojonudo y según dice Cuca, barato.- dijo Paco que era lo más parecido a un amigo en la vida de Pascual Ventura.
Éste, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta beige de pana y dijo:
-Vaya. Me he debido dejar el móvil en el despacho. Cuando vuelva te doy un toque a tu despacho.
-No, no.- contestó el otro- Ahora mismo me bajo hacia Murcia, tengo cita con el dentista. ¿Tú te quedas?
-Sí, tengo trabajo, he de entregar un artículo sobre la Pigofilia.
-No te sigo, sabes que soy de Literatura.
-Atracción por el contacto con las nalgas.
-Joder, eso nos pasa a todos.- contestó Paco levantándose para marcharse.
-No, no, de manera enfermiza, una obsesión, ya sabes, en cines, las colas del supermercado....
-Ya, esos tipos de gabardina gris.
-Algo así.
-Acuérdate de lo del teléfono del tipo ése, mándame un mensaje al móvil.
-Descuida.



*****



Pascual Ventura comenzó a ponerse nervioso cuando comprobó que el teléfono móvil no estaba ni en la cartera ni en su mesa del despacho. Escarbó en los cajones, vació la papelera y se miró y remiró en los bolsillos. Puso del revés su costoso tres cuartos de piel y no halló nada.
¿Se lo habría dejado en el hotel?
No.
Lola lo llevaría en el bolso. Había salido apresuradamente del hotel a la vez que con la mano barría todo lo que había dejado sobre la mesita de entrada a la habitación para que cayera en su enorme bolso.
Sí, Pascual Ventura, lo recordaba.
Y él había dejado el móvil sobre la mesita. Sí, estaba seguro. ¿O no?
Tenía que llamarla.
Un momento: ¿y si ella se encontraba con su novio y el teléfono sonaba?
La descubriría. Sí. Pensó en el escándalo.
Alto, alto. Aquel imbécil estaba jugando a soldaditos en la Academia. No saldría hasta el fin de semana. Ella vivía en un piso en Murcia. No tenían por qué verse.
-Tranquilo, Pascual, tranquilo.- se dijo para calmarse.
Buscó en su agenda y encontró al instante el número de teléfono de la chica. Lo marcó algo apresuradamente y debió equivocarse pues contestó una voz de mujer que decía con voz monótona y monocorde:
-Seguros La Inconclusa.
Colgó al instante.
Volvió a marcar y esperó.
Uno, dos, tres tonos.
-Mierda.- dijo.
Una grabación decía que aquel aparato “estaba apagado o fuera de cobertura”.
¿Y si se había dejado el teléfono en el hotel?
Sopesó la posibilidad.
Sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Llamarían a casa, sí.
Podía imaginarlo:
-Perdonen, ¿don Pascual Ventura?
-No está en este momento. Soy su mujer, diga, diga...
-Le llamo del hotel Campanile. Esta mañana su marido se ha dejado el móvil en la habitación.-
-¿Qué habitación? ¿Ha dicho” esta mañana”?
Todo a la mierda.
-¿Qué hacías tú en el hotel Campanile a esas horas?.- le diría Cuca nada más verle.
Estaba perdido. Su hermano era abogado y de los buenos.
Su suegro era el Decano de la Facultad de Psicología.
No le resultó difícil imaginar el futuro: estaba en la calle, sin trabajo, sin casa, tenía dos hipotecas y un nivel de vida que mantener. Adiós influencias, las cenas con gente bien, su posible entrada en política..... todo volaría de un plumazo.
Tenía tres hijos, un ático inmenso en la Plaza Circular, un Mercedes y un perro, Bruno. Quizá el único que le quería de verdad. Descolgó el teléfono y marco el número que sabía de memoria.
-¿Hotel Campanile?.- dijo.
-Sí, recepción.- contesto una voz de hombre desde el otro lado de la línea telefónica.
-Soy Pascual Ventura, un cliente que....
-¡Hombre Don Pascual!. Diga, diga.-
Aquel capullo le conocía.
Joder.
Tomó nota en que debía cambiar de hotel.
-Mire- se escuchó decir a sí mismo- esta mañana creo que he olvidado mi móvil en la habitación.
-La tres seis cuatro.- repuso el recepcionista.
Definitivamente tenía que cambiar de hotel.
-Sí, ésa.- dijo.
-Ya. Pues espere un momento, si es tan amable, que hablo con la camarera que hace las habitaciones.
La línea telefónica dio paso a una melodía enlatada: La Primavera de las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Pasó un buen rato en el que Pascual Ventura se empleó a fondo para repasar sus zapatos de ante con un pañuelo de papel. Cuando el recepcionista volvió al habla habían quedado bastante bien.
-¿Don Pascual?
-Sí, dígame.
-Mire, la chica ya ha terminado su turno y se ha marchado pero cuando encuentran algo lo traen de inmediato a recepción; así que es de suponer que no ha encontrado nada.
-Ya. ¿Seguro?
-Seguro. Es el procedimiento habitual.
-Pues nada, muy agradecido...
-Blas, me llamo Blas.
-Pues muchas gracias, Blas.
-Hasta el jueves que viene señor Ventura.
-Que te crees tú eso.- dijo Pascual nada más colgar.
Estaba claro, Lola se había llevado el móvil sin darse cuenta.
Bajó a secretaría y pidió el horario del grupo de tercero en que se hallaba inscrita la chica. Había que ganar tiempo y a las seis acababan las clases. Eran las cinco menos cinco. La abordaría entre dos sesiones lectivas y le pediría el aparato. Llegó al aula dos seis nueve y aguardó apoyado en la pared. Escuchaba de fondo la voz de Lavinia Lafuente, una compañera algo histérica a la que se había cepillado un par de veces años ha. Ahora se decía que era lesbiana. La puerta se abrió y los alumnos comenzaron a salir en tropel. Todos parecían tener prisa por ir a tal o cuál aula o porque no se les escapara el autobús.
Pascual Ventura miró enrededor y no la vio. ¡No estaba!
Entonces identificó a una amiga de Lola, una joven de aspecto neo hippie que lo miró sonriendo con malicia a la vez que decía:
-Busca a Lola, ¿no?
Le pareció evidente que estaba al tanto de su “asuntillo”.
Primero el tipo del hotel y ahora la amiga de Lola, aquello era “vox populi”. Comenzó a sopesar la posibilidad de que podía estar jugando con fuego.
-Sí.- dijo él.-¿No ha venido a clase?
-No, esta tarde se iba a San Javier, a ver a su novio.
Maldición.
Musitó una disculpa y se fue corriendo al despacho.
San Javier. El novio.
Joder.
Un momento. No había caído en la cuenta. Era idiota. ¿Por qué no llamaba a su propio móvil? La persona que lo tenía lo cogería y podría recuperarlo.
No.
¿Y si lo tenía ella? ¿Y si le sonaba en el bolso y estaba con ése petimetre de novio suyo?
Volvió a marcar el número de la chica.
“Apagado o fuera de cobertura...”
-¡Puta! - gritó a la grabación fuera de sí.
Un momento. Un momento. Tenía que tranquilizarse. No pasaba nada.
Llamó a Paco.
-¿Sí?.- contestó éste.
-Paco, ¿te pillo bien?
-Ah, sí, el número del tipo ése. Espera que tomo nota. Es que estoy conduciendo.
-No, no. No he encontrado el móvil. ¿Te has fijado en si lo llevaba a mediodía, cuando he llegado al comedor?
Silencio.
-¿Paco?
-Sí, sí, coño. Estaba pensando.
-¿Y?
-No.
-¿Que no lo llevaba o que no te has fijado?
-Las dos cosas.
-Joder, no eres de mucha ayuda.
-Yo creo que no lo llevabas. No he visto que se te cayera nada y te has dado cuenta de que no lo tenías al acabar la comida.
-Sí, claro.
-¿Pascual?
-Sí, dime.
-Te veo nervioso.
-Es que no lo encuentro...
-¿Y qué mas da? Te compras otro y punto. Ahora la compañía telefónica te guarda la agenda con tus contactos, ya no es un drama perder un móvil. ¿ Qué problema hay? Además, así podrás cambiar de aparato y comprarte uno nuevo, ya sabes, con GPS y todas esas paridas que tanto gustan a la gente. No es para tanto.
-Sí, lo es.
-¿Por qué?
Cuidado.
Pascual Ventura reparó en que podía estar metiendo la pata al mostrarse tan preocupado por un simple teléfono móvil.
Rápido, una excusa. Pensó. Necesitaba una excusa. Sí, ya está:
-Mira Paco es que en el último mes Cuca ha perdido tres teléfonos y no te imaginas la bronca que le di.
-Sí, sí.- contestó Paco riendo- El otro día me la encontré en Santo Domingo y me lo dijo. Qué cabeza tiene.
-Convendrás que no es normal.
-¿Perder tres teléfonos en un mes? Pues no, la verdad es que no es normal.
-Y claro, después de habérselo afeado tanto, como pierda el mío.....
-Las mujeres, Pascual, las mujeres. Toma ejemplo de mí. Yo ya no tengo problema.
-Sí, es cierto.
-Oye, te dejo, que entro en un túnel....
Se escucharon unos ruidos de fondo, como si estuvieran estrujando el aparato con una mezcla de nieve y piedras y la llamada se cortó.
-Puto imbécil.- dijo Pascual Ventura- “Toma ejemplo de mí, toma ejemplo de mí...”. ¡Gilipollas!
Paco era un pusilánime. Pascual se había estado beneficiando a su ex mujer durante años y ni lo había sospechado. No era gran cosa pero follaba como una leona. Una fuera de serie en la cama. Demasiada hembra para un pobre panoli como él. Ahora estaba liada con un tipo diez años menor que ella tras pasar por una época algo azarosa de salidas nocturnas y experiencias con barbitúricos. No se había tomado demasiado bien que Pascual la dejara y es que, tras el divorcio, había dejado de interesarle. Así, de buenas a primeras.
Pensó que estaba rodeado de idiotas.
Entonces bajó al comedor. Cerrado. Pidió las llaves al conserje y tras encender las luces lo inspeccionó a fondo. Habló con todos los bedeles. “No, nadie había llevado un móvil extraviado a conserjería”. Mierda.
Volvió al despacho. Las seis. Comenzaba a oscurecer. Apenas faltaba un par de horas para que Cuca cerrara su tienda de antigüedades y volviera a casa.
Marcó el número de Lola.
Había línea. Al fin.
-¿Sí?.- contestó ella con un voz algo extraña.
-¿Estás con él?.- dijo Pascual Ventura bajando mucho la voz.
Silencio.
Se oía un ruido de fondo, raro, algo sordo. ¿Jadeos?
-No es buen momento para hablar.
-Lola. Mi móvil. Está en tu bolso.
-¿Cómo?
-Sí, mi móvil. Te lo has llevado sin darte cuenta. Si suena te va a descubrir.
Un nuevo silencio.
Pascual Ventura escuchó una voz al fondo, de hombre, joven, que decía algo así como “¿A dónde vas zorrita?”.
Ruidos. Pasos.
-No Laura, no te has dejado tu PDA en mi bolso.- dijo la chica disimulando.
-¡Alabado sea Dios!
-Y hora, Adiós. Estoy ocupada.
-Estás haciéndolo con él, ¿verdad?
-No es el momento. Adiós.
-¿Te parece bien?
Lola había colgado.
-Zorra.- dijo Pascual Ventura.
Un momento. Debía estar contento. Ella no tenía el móvil. Era una buena noticia.
¿Se le habría caído en el tren? Imposible, siempre lo llevaba en un compartimento interior del abrigo especialmente diseñado para contener un teléfono móvil, que cerraba con una tirilla de velcro. Era imposible que se le hubiera caído pero... no recordaba haberlo sacado al llegar a la habitación del hotel.
En el comedor no estaba. En el despacho, tampoco.
Se lo había dejado en el hotel. Sí.
Era la única posibilidad.
Tomó las llaves del coche y salió del despacho a la carrera.
No tardó ni cinco minutos en llegar. Había otro recepcionista: un joven imberbe con pelo teñido de azul oscuro, un moderno.
-Buenas.
-Buenas Don Pascual.- dijo el joven.
Él maldijo para sus adentros. ¡Aquél idiota también le conocía!
Volvió a explicarle todo el asunto.
-¿Podría darme el teléfono de su compañera? La que hizo la habitación.
El joven ladeó la cabeza.
-Eso es privado.
Pascual Ventura comenzaba a desesperarse. Sacó un billete de cincuenta y lo enseñó con disimulo.
-Un momento.- contestó aquel chantajista pos adolescente para añadir- seis seis ocho nueve cinco dos tres siete cuatro.
Pascual marcó el número:
-”... apagado o fuera de cobertura...”
-¡Joder!.- gritó haciendo que dos clientes que charlaban al fondo se giraran para mirarle como reprobando su mala educación.
-Señor, cálmese.- dijo el recepcionista.
-Su dirección.
-No puedo.
Sacó cien euros. La cosa iba a salirle cara pero el tiempo corría y quería zanjar aquel asunto. El joven leyó una ficha que apareció en la pantalla del ordenador:
-Doris Daisy Rodríguez, calle Morera ocho, primero izquierda.
-¿Es sudamericana?
-Sí, de Ecuador. Muy buena chica y muy seria. El novio trabajó aquí y lo echaron por no se qué asunto, un mal tipo, pero ella es muy responsable y nunca ha dado problemas.
-¿Cómo se llamaba el novio?
-Robinson Fernández.
Pascual Ventura salió de allí a toda prisa, entró en su Mercedes y se sentó mirando fijamente al volante para reflexionar.
Estaba seguro. Lo tenía ella. “Un mal tipo”, había dicho el recepcionista.
Quizá no había perdido el móvil y se lo habían robado. Sí, eso era. Por eso no recordaba haberlo sacado del abrigo, porque no lo había hecho. Lo había dejado en la silla que había frente a la mesita de la entrada. Ella era camarera. Podía entrar y salir de la habitación cuando quisiera. Quizá lo había hecho mientras que él y Lola hacían el amor. Ni se habrían enterado. Ventura había comprobado que, desgraciadamente, todo el mundo le conocía en el hotel, quizá aquella joven quería hacerle chantaje o quizá se trataba de un simple robo, algo casual. No debía perder los nervios.
Entonces bajó del coche de pronto y guiado por un impulso se encaminó hacia un teléfono público situado en la acera de enfrente. No tardó en llegar y marcó un número.
-Comisaría.
-Póngame con Juan Huete. Dígale que soy Pascual Ventura.
-Un momento.
Tras unos segundos de espera se escuchó al otro lado una voz muy gastada que decía.
-”Ventu”, ¿cómo estás?
-Bien, bien, ¿y vosotros?
-Muy bien. Cuca y los críos bien, ¿no?
-Sí, claro. Oye comisario, necesito un favor.
-Dime “Ventu”.
-¿Puedes mirarme si un tipo tiene antecedentes?
-Sí, claro.
-Robinson Fernández, se llama.
-Sudamericano.
-Ecuatoriano.
-¿No tienes más datos? No sé, el numero del permiso de residencia...
-No.
-Bueno, pues lo intentaré. En cinco minutos te llamo.
-No, no. He perdido el móvil y estoy en una cabina. Te llamo yo.
-Como quieras.
Colgó.
Entonces marcó el número de Doris Daysi, la camarera.
-¿Diga?.- respondió una voz de hombre.
-Quiero hablar con Doris.
-¿De parte de quién?
-Un cliente.
-¿Cómo dice?
-Un cliente, un cliente del hotel.
-No está.- cortante.
-Ya.
Silencio
-¿Oiga?.- dijo Pascual Ventura.
-Sí, al habla.
-¿Cuando volverá?
-No lo sé.
El hombre no parecía muy comunicativo, seguro que era Robinson Fernández.
-Me he olvidado algo en la habitación del hotel y....
-Quiere recuperarlo.
-Exacto.
-No está.
Aquel tipo comenzaba a exasperarle.
-Llame luego.- dijo Robinson antes de colgar.
Pascual Ventura suspiró mirando al suelo. Comenzaba a perder la paciencia. Marcó el número de comisaría y al momento le pasaron con Juan Huete, el comisario.
-Ya lo tengo, “Ventu”. Robinson Fernández Guaillas, ecuatoriano, tiene antecedentes por pequeños hurtos y extorsión. Un vulgar chantajista. Oye..... “Ventu”....¿estás ahí?.
La palabra “extorsión” quedó flotando en el aire, como si en su cerebro hubiera aparecido un espacio vacío que provocaba un eco molesto, desagradable, que hacía aquel maldito sonido resonara una y otra vez sin decidirse a desaparecer.
-Sí, sí.- Pascual sentía que se le helaba la sangre.
-¿Qué coño tienes tú que ver con un fulano como éste?
Ventura hizo una pausa:
-Es que busco criada y quiero saber que el novio es de confianza.
-Haces bien, “Ventu”. Ya sabes que éste, al menos, no.
-Gracias Juan, a ver cuándo cenamos juntos.
-Cuando quieras, campeón, adiós.
Pascual Ventura quedó con las manos en jarras mirando al infinito. “Antecedentes por extorsión”. Había caído en manos de unos chantajistas. Ni en la peor de sus pesadillas.
Iba de cabeza a la debacle. El divorcio, su suegro le haría perder el trabajo, su cuñado le desplumaría, lo perdería todo... no, no, un momento. Iba demasiado lejos.
Volvió a marcar el teléfono de Doris.
-Al habla.
-¿Robinson?
-¿Cómo sabe usted mi nombre?
-Eso no importa. Sé lo que pretenden.
-No sé de que me hablas, güey.
-¿Es cuestión de dinero?
El otro quedó en silencio.
-¿Es que tienes dinero, amigo?- dijo Robinson cambiando el tono de voz. De pronto parecía haberse interesado por aquella conversación.
-De sobras sabes que sí.
Hubo una pausa.
-Hombre.- dijo el novio de la camarera- El dinero siempre viene bien....
-¿Cuánto?
-¿Cuanto tienes?
-¿Mil euros?
Desde el otro lado de la línea se escuchó un silbido de admiración.
-Mejor dos mil.- apunto Robinson.
Pascual Ventura reparó en que tendría que ir a varios cajeros automáticos para reunir una suma así a aquellas horas. Ya pensaría cómo explicárselo a Cuca. Era muy bueno mintiendo.
-Sé cuando he perdido una partida.- dijo- Necesito algo de tiempo para tener el dinero reunido. En una hora estoy allí.
-Pero...¿cómo sabe dónde vivo...? - comenzó a decir el novio de Doris justo cuando Ventura colgaba.



*****


Cuando Robinson Fernández abrió la puerta de su modesto piso de alquiler en la calle Morera, se encontró con un tipo de buen aspecto, vestido impecablemente y que le tendía un fajo de billetes.
-Ahí está todo.-dijo Ventura a modo de presentación entrando sin que le se le invitara.
Mientras que el sorprendido inquilino contaba el dinero Pascual Ventura tomó asiento en el viejo sofá de skay diciendo:
-Y ahora, lo mío.
-¿Quién es, cariño?.- dijo Doris Daysi saliendo de la cocina con un plato con tortas de maíz en la mano.
-No lo sé.- dijo Robinson que miró al desconocido añadiendo:
-¡Aquí hay dos mil euros!
-Lo acordado.- dijo Pascual Ventura.
-Me prometiste que no te meterías en más líos.- dijo ella, una joven guapa, morena y de inmensos ojos almendrados.
-Y no lo he hecho.- protestó Robinsón- este tipo llamó ofreciendo dinero a cambio de no se qué.
-No os hagáis los tontos conmigo. ¡El móvil!
La joven miró al desconocido y quedó pensativa pos unos segundos. Entonces ató cabos y a la vez que señalaba a Pascual con el índice, dijo:
-Ya lo sé, usted es cliente del hotel...
-No te hagas la tonta conmigo, zorra.
-Oiga, un respeto a mi esposa.- dijo Robinson que era algo más bajito y menos corpulento que Ventura.
-Dadme el móvil y asunto cerrado. Tengo prisa.
-¿Qué móvil?.- repuso ella.
Pascual Ventura los miró con los ojos entornados. Primero a ella, luego a él.
-Ahora entiendo, queréis más.
-Mire.- dijo Robinson, conciliador- Tome su dinero y márchese, por favor.
- ¿Queréis más? Eres un puto chantajista.
-No, no, eso fue un error, un malentendido, ahora trabajo como mecánico, vamos a tener un hijo....
Entonces Pascual Ventura se arrojó sobre Doris Daisy y comenzó a zarandearla:
-¡Sólo quiero mi móvil, puta, mi móvil! ¿Os envía mi mujer? ¿Me ha puesto un detective?-
Robinson intentó apartar a aquel energúmeno pero estaba fuera de sí y era más grande que él, de manera que de un manotazo lo envió al otro extremo del pequeño salón donde se golpeó contra un añoso armario de formica. El menudo joven se levantó como pudo, sangrando profusamente de una ceja y se perdió por el pasillo tambaleándose.
-¡Quiero el móvil, puta!- gritó Ventura abofeteando a la joven que cayó sobre el sofá. Entonces se escuchó un click muy característico y Pascual Ventura se giró para encontrarse con que Robinson acababa de amartillar un arma.
-Fuera de aquí.- dijo el joven ecuatoriano apuntándole con cara de pocos amigos. Parecía actuar empujado por una gran determinación, la fuerza que siente uno cuando defiende su casa o a sus seres queridos.
A Doris Daisy le sangraba el labio.
Pascual Ventura levantó ligeramente las manos, parecía entrar en razón:
-Sólo quiero mi móvil.- dijo bajando el tono de voz a la vez que adoptaba ademanes más razonables- He pagado.
En aquel momento Doris Daisy buscó la mirada de Robinson y le dijo:
-¿De qué habla?
El ecuatoriano miró a su esposa y dijo:
-No lo sé.
Ya era tarde, Pascual Ventura se había lanzado sobre él como una fiera haciéndole caer de espaldas al suelo a la vez que se disparaba el arma. La lámpara voló hecha añicos y Doris Daisy salió corriendo hacia la escalera a la que vez que gritaba:
-¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Policía!
Pascual Ventura, totalmente fuera de sí y sentado a horcajadas sobre su víctima, golpeaba furibundo a Robinson en la cara una y otra vez mientras que gritaba:
-¡Mi-mó-vil! ¡Da-me-mi-móvil!
El pobre inmigrante debió quedar sin sentido, por lo que Ventura cesó de golpear. No se movía. Entonces se dio cuenta de que la chica se había escapado. Tomó la pistola del suelo y apuntó a la cabeza de Robinson que tenía un ojo tumefacto y sangraba de varias heridas en la cara. Parecía haber recobrado el conocimiento porque le miraba asustado con el ojo sano.
-Tú, media mierda- dijo Pascual apuntándole a la cabeza- Dame el móvil o te vuelo los sesos aquí mismo.
-Espere, espere. Le diré la verdad, pero... prométame que no me va a hacer daño. Sólo quiero colaborar.
-De acuerdo.
Robinson temblaba de miedo. Miró a uno y otro lado y se lo pensó antes de hablar:
-No me pegue más se lo ruego, pero la única y purita verdad es que no sé de que me está hablando. ¡Espere, espere!... usted llamó y me dijo que “si lo tenía”, yo no sabía bien de qué hablaba pero enseguida dijo que era un cliente del hotel, preguntó por Doris Daisy y dijo tener mucho dinero....
-¿Y? Quiero mi móvil.
-....yo pensé - dijo Robinson entre sollozos- que usted.... a veces algunos clientes se encaprichan con ella y necesitamos dinero... Ella tuvo dos hijitos de joven y están en Ecuador con su abuela, mi madre está enferma y nos viene muy bien la plata ... pensé que usted quería... sólo lo ha hecho dos o tres veces pero el dinero nos vino fantástico .....luego no hablamos del tema y es como si no hubiera ocurrido. Yo... pensé que usted...
-Pero, ¿de qué mierda me estás hablando, enano hijo puta?- dijo Ventura apuntándole con el arma- En pie. ¡En pie, hostias!
Robinson se levantó como pudo, apoyándose en el sofá a duras penas mientras que Pascual Ventura le apuntaba en la sien.
-¡El móvil!
-No lo tengo.
-Tres, dos.... uno ....
-¡No lo tengo...!.- gritó Robinson cayendo de rodillas entre sollozos.
En aquel momento Pascual Ventura lo comprendió todo. Vio caer el líquido por la pernera del pantalón de su víctima y percibió un intenso olor a mierda. Aquel hombre se había cagado encima porque pensaba que iba a morir y, sin embargo, no había cantado.
Era evidente que no tenía el móvil. Se dio cuenta de lo que había ocurrido, todo era un malentendido. En unas décimas de segundo recordó su conversación telefónica con el ecuatoriano; era cierto, el otro no sabía de qué le hablaba. Había cometido un gran error.
Fue entonces cuando creyó oír unos gritos porque la adrenalina hacía que su corazón latiera tan fuerte que apenas dejaba escuchar una suerte de murmullo subacuático.-
-¡Poooolicía!
Pascual Ventura se dio la vuelta comprendiendo que la había cagado. Frente a él había un tipo de rodillas a punto de ser ejecutado, él tenía un arma en la mano y se giraba con rapidez. Ya era tarde. Antes de ver a los dos agentes de policía apuntándole con sus armas comprobó que no era cierto aquello que dice la gente. No. Antes de morir no ves una película a cámara lenta con la historia de tu vida. En absoluto.
Pascual Ventura tuvo una imagen del único ser viviente que de verdad le quería por ser como era, sin artificios y sin esperar nada a cambio.
Vio a su perro, Bruno, moviendo la cola de alegría como cuando le recibía todos los días al llegar de la Facultad. Era un perro indómito, que mordía a todo el mundo y que adoraba a su dueño, la única persona de la que aceptaba órdenes. Fue una imagen mental instantánea, un recuerdo de aquello que le era más querido antes de despedirse de este mundo porque, al instante, su cabeza voló hecha añicos dejándolo todo perdido de una mezcla de pelos, fragmentos de cráneo, sangre y coágulos.




*****



Paco Cano miraba la enorme chimenea del ático de Pascual Ventura abrazado a Cuca. Ambos miraban el fuego, absortos en el hipnótico baile de la llamas mientras que Bruno, el setter color canela, dormitaba plácidamente junto al hogar.
-Duermen como troncos.- dijo ella.
-Sí, les he contado un cuento.- repuso él.
-Eres como un tío para ellos, te adoran.
-Sabes que yo también los quiero mucho.- respondió Paco Cano.
-Eres un sol, Paco.
Entonces, tras dejar que se hiciera un silencio, él apuntó:
-Cuca, esta mañana hemos enterrado al mejor amigo que he tenido, un gran padre, un excelente profesor y un maravilloso marido. Creo que debemos ayudarnos mutuamente para llenar el hueco que Pascual deja en nosotros.
-Sí, claro.- dijo ella meditabunda. Los ojos aún enrojecidos de tanto llorar.
-Aunque él, siempre seguirá vivo en nosotros y en los niños.- sentenció él con aire muy afectado.
Entonces Cuca se apretó contra su pecho y Paco Cano notó sus tersos y enormes senos. Se sintió excitado. Con un poco de paciencia acabaría siendo suya.
Pensó en el destino.
Nunca había creído en esas zarandajas pero tras años de maquinar distintos planes para arruinar la vida de aquel maldito cabrón de Pascual había llegado a la conclusión de que no tenía ni agallas ni talento para diseñar una venganza efectiva que poder llevar a cabo.
Era un pusilánime, un mediocre. Aquella era una tarea imposible, inviable. Había perdido.
Y ahora, qué casualidad, era el destino, el azar, el que había provocado que aquel maldito hijo de puta se hubiera vuelto loco irrumpiendo en el piso de unos pobres inmigrantes para intentar asesinarlos y terminar abatido a tiros por la policía. Y nadie sabía por qué.
Qué cosas.
Ni siquiera él podía haber soñado con una venganza como aquella, fría y en bandeja de plata. Sí, una venganza; porque Pascual Ventura se revolvería en su tumba cuando él, Paco Cano, su supuesto amigo y compañero de Facultad, ocupara su lugar junto a Cuca, en su cama. Aquella hembra imponente sería suya y además, la haría feliz. Al fin le pagaría con su misma moneda. Se había hecho el tonto durante años mientras que Pascual se tiraba a su mujer y al final la había perdido igualmente. Ahora tendría a Cuca para resarcirse. El destino, incomprensiblemente, le había ayudado.
-Me pregunto....- dijo Cuca saliendo de su ensimismamiento.
-¿Sí?
-¿Qué puede hacer que alguien...
-Te refieres a qué puede hacer que un hombre que lo tiene todo, aparentemente normal, reaccione un mal día como lo hizo Pascual, ¿no?
-Sí.
-Lo he pensado. En estos dos horribles y largos días lo he pensado hasta volverme loco y la verdad, Cuca, no lo sé.
Volvieron a quedar en silencio y ella se apoyó en su regazo. Paco pensó que debía ser paciente, era cuestión de meses, quizá de semanas, pero Cuca caería en sus brazos.
-Hay otra cosa.....- repuso ella de nuevo.
Él la miró con atención y ella continuó diciendo:
-....¿sabes?. Esta mañana me han traído del juzgado las cosa de Pascual en una caja y no estaba el móvil. ¿Se lo habrá quedado algún policía?
-Ahora que lo dices.- contestó Cano haciendo memoria- El día en que Pascual.... ya sabes... me llamó muy preocupado. Lo había perdido.
-Para él era muy importante. Era fundamental para su trabajo, igual llamaba a Londres que a Nueva York que a Roma. ¿Dónde estará?
-Ni idea.- dijo Paco pensando que le importaba una mierda.
Entonces Cuca sacó su pequeño teléfono rosa del bolsillo.
-Creo que estaba un poco preocupado porque se había pasado regañándote por perder tres móviles en un mes.- aclaró él.
-Pobre.
-Estarás de acuerdo conmigo, Cuca, en que tres móviles extraviados son muchos para un mes.
-Sí, y la verdad, no me explico cómo estuve para perderlos. Voy a llamar a su teléfono, igual lo ha encontrado alguien y contesta.
-¿Estás segura?
Cuca ya lo había decidido, así que marcó el número con decisión y esperó.
De pronto, Bruno, aquel pequeño cabrón al que nadie en la casa soportaba, se levantó como un resorte y atravesó a toda velocidad el pasillo arañando el suelo de parquet con las uñas en su frenética carrera. Atravesó la cocina pasando bajo las piernas de la interna filipina y salió por la gatera a la inmensa terraza del ático.
Desde el fondo vio el resplandor que salía de su caseta. Entró en la misma y levantó su manta con un movimiento de su hocico. Entonces comprobó con alegría que allí, al fondo de su cesta, yacía su nuevo juguete que parecía estar vivo. Se sintió alegre y miró con cierto desprecio hacia los tres que había encontrado en distintos lugares de la inmensa casa pues hacía tiempo ya que habían dejado de funcionar, de sonar, de encenderse provocándole una indudable sensación de placer.
La dulce melodía que sonaba le agradaba, aquel nuevo juguete estaba vivo aún y podría disfrutarlo unos días hasta que se muriera como los demás. Entonces buscaría otro.
Miró como hipnotizado la pantalla que iluminaba el pequeño habitáculo y observó el dibujo que brillaba en el centro de la pantalla de cristal líquido, una campana que aparecía y desaparecía y un nombre que él no podía ni sabría nunca leer: CUCA.
Allí, bajo el frescor de la noche, embriagado por el olor a azahar y en la quietud de su caseta, Bruno quedó disfrutando de unos inolvidables momentos con el teléfono móvil de su dueño.