lunes, 20 de julio de 2009

ALGO PERSONAL

En esta foto estoy con mi amigo Sergio en la Semana Negra de Gijón. Me ha sacado en un cuento que cuelgo para que podáis leer. Es un tipo brillante, inteligente y tiene un par de cojones; y yo le admiro por eso. Y eso que el tío se ha sabido sobreponer nada menos que a ser de Cuenca. Ahí va el relato:

Algo personal

Para Jero, que me hizo descubrir a un escritor genial, a una gran persona y a un amigo incomparable, y porque el orden de los factores no altera el producto.

Era tarde,demasiado tarde para que en la Comisaría madrileña siguiera habiendo gente pendiente del panel de monitores en blanco y negro que mostraban la sala de interrogatorio. La multitud de pantallas y enfoques disponibles hacían que el espectador se sintiera como en una especie de reality show de los años 20 en el que existían muchas perspectivas de todo lo que allí ocurría pero que sólo podían verse en blanco y negro y sin sonido. Este sistema, que acababa de ser implantado en numerosas comisarías de España, volvía a constatar uno de los grandes problemas de nuestro país: la obsesión de la administración pública por dar una imagen de modernidad sin analizar si la nueva medida era algo realmente positivo o si, como solía ocurrir, era una chapuza, un paso atrás disfrazado de avance tecnológico.

Y eso a Arregui le tocaba muy mucho los cojones. No podía entender porqué habían quitado los famosos espejos falsos si eran mucho más efectivos, a pesar de que obviamente ya no engañaban a nadiedespués de aparecer en todas las americanadas que inundaban la televisión y el cine, pero que , al menos, permitían escuchar lo que ocurría dentro de la sala sin apabullar al interrogado con más de un inspector.

Lo que allí podía verse era todo un espectáculo. Por un lado estaba el nuevo, el inspector Ros, un tío alto y espigado, de cuarenta años recién cumplidos, que acababa de llegar desde Murcia y que, por lo que se comentaba por ahí, tenía mucho futuro. Como el propio Arregui había podido constatar, era un tipo peculiar y afable, partidario de utilizar nuevos métodos de investigación y que había sido destinado a Madrid tras destacar en su ciudad natal por haber conseguido esclarecer el intrincado caso del chico de la katana.

Un chaval que de buenas a primeras se había lanzado a dar mandobles a diestro y siniestro por la capital murciana siguiendo un complicado patrón. Y fue él el que se dio cuenta de que, en realidad, era una venganza contra las familias de todos aquellos compañeros de colegio que le habían hecho la vida imposible durante años. Una revancha ante un claro caso de lo que los expertos llaman bullying, un anglicismo con el que se designa algo que ha venido ocurriendo en el ámbito escolar desde el principio de los tiempos, el clásico panoli centro de todas las burlas. Pero en esta ocasión, el pringao no se había olvidado del tema y ese odio había ido aumentando y solidificándose como cubitos de hielo , hasta derivar en un macabro plan de venganza que estuvo a punto de tener éxito. De hecho, sólo tres de las ocho familias que el desequilibrado adolescente había situado en su punto de mira, habían conseguido salvar la vida. Y todo había sido gracias a Ros o como él mismo insistía en que le llamaran Victor Ros IV.

Y es que, según él mismo le había explicado a Arregui, Ros venía de una larga estirpe de brillantes policías que se inició a finales del siglo XIX con el bisabuelo del murciano, una especie de Sherlock Holmes a la española que había solucionado decenas de intrincados casos empleando el método deductivo y las más avanzadas técnicas de la época.

Y ahora el bueno de Ros había decidido que, en sus horas libres, iba a dedicarse a escribir, de la forma más objetiva posible, las aventuras de su bisabuelo para a publicarlas bajo el pseudónimo de Jerónimo Tristante para que los lectores no pudieran pensar que todo lo allí escrito eran fantasías y exageraciones de un bisnieto deseoso de ensalzar la figura de su antepasado.

Mientras Arregui hacía estas cavilaciones, la sala de interrogatorio se abrió y unos oficiales arrastraron fuera al interrogado que parecía agotado, con la mandíbula casi desencajada y los ojos rojos de tanto llorar.

-No, por favor, no más- gritaba el esposado-. Ya he dicho todo lo que sabía.

Y tras él salió Ros diciendo: -Y ahora vamos a terminar con el último testigo.

-¿De verdad crees que es necesario? Ya tenemos más que suficiente para encontrar a los

Medici.

-Sí, bueno. Pero esto es algo personal- y se volvió a introducir en la sala.

Instantes después aparecieron otros dos oficiales escoltando a un hombre bastante viejo que no paraba de proclamar:

-Voy a denunciaros por abuso, porque yo conozco a mucha gente de arriba o es que acaso se os ha olvidado con quién estáis hablando.

Y Arregui ya no pudo oír más porque el pesado anciano había sido obligado a entrar en la insonorizada sala de interrogatorios. Entonces Arregui volvió sus ojos al panel lleno de monitores donde pudo apreciar como Ros ya se encontraba sentado delante de una mesa mientras el recién llegado tomaba asiento al otro lado. Y en pocos instantes la boca del murciano se despegó para iniciar el interrogatorio.

Cinco minutos después, el pobre anciano ya empezaba a presentar el mismo aspecto que todos los interrogados por Ros: mandíbula desencajada, brutales espasmos que le hacían doblarse por la cintura y enormes lagrimones empezaban a surcar sus arrugadas mejillas.

Para cualquier espectador que simplemente se encontrase con ese panorama mudo de aparente brutalidad policial, podría parecerle que los métodos de Ros eran cercanos a la tortura o, para ser más exactos, a la tortura china porque como su compañero ya le había explicado, se trataba de un nuevo método basado en la risoterapia que utilizaba un sin fin de chistes y bromas que, junto al gracejo natural del murciano, lo hacían infalible.

Así es que poco extrañó a Arregui que a los quince minutos de haber comenzado el proceso, de nuevo se abrieran las puertas de la sala y los oficiales salieran arrastrando al aún carcajeante anciano que iba canturreando entre dientes: -Y cómo es él….y a qué dedica el tiempo libre….

Y cuando el impasible inspector se dio la vuelta se encontró frente a frente con el peculiar interrogador que salía triunfante y satisfecho de la sala.

-¿Y bien?

-Bueno, la verdad es que el gilipollas este ha cantado todo lo que sabía….- dijo sonriendo sarcásticamente-. Esa puta cancioncilla que me traumatizó cuando era joven.

-Ya, si todavía seguía cantándola cuando salía…pero, ¿de verdad pensabas que te iba a revelar

algo de utilidad?

-NO, pero era algo personal. Una pequeña venganza por los malos ratos que me hizo pasar el muy mamón- y dicho esto, desapareció por la puerta en dirección a la salida de la comisaría.

Y el impávido Arregui no pudo evitar una pequeña carcajada. Van a tener razón, pensó, este tío va a llegar muy lejos. Y si no siempre podrá hacerse humorista.


3 comentarios:

Javier Márquez Sánchez dijo...

Jejeje. Está muy bien. Amigos así son los buenos... incluso siendo de Cuenca.

CRISTOBAL CRESPO dijo...

Pues a ver cuando ese trasunto de Jerónimo Tristante nos "tortura" un rato con sus chistes.

Un abrazo, Jero

juan antonio dijo...

jaja. Me encanta, olle aber si pones algun chiste de esos para que nos riamos todos.

PD. Pon algo del proyecto Eden que más que ciencia parece un circo, solo quieren amortizar el solar dejando atrás a la ciencia, ¡Que me encanta!
UN SALUDO A TODOS